Editorial

La pobreza de los “con empleo” o el mito del servidor de dos patrones.

Salarios e inflación.
En la Argentina de hoy casi el 20% de los asalariados tienen sueldos por debajo del umbral de la pobreza aún estando ocupados de manera plena. Es decir, sus salarios se encuentran por debajo de la Canasta Básica Total que marca la línea de pobreza y se acerca a $1.906. Este monto está – obviamente – por encima de la estadística oficial deformada desde la intervención del INDEC. El Salario Mínimo Vital y Móvil (SMVM), por su parte se ubica en $1.740, muy por debajo de la Canasta básica y del valor de la Canasta Familiar, es decir del monto verdaderamente necesario para vivir – no ya para “salir de la pobreza” – y que se eleva más allá de los $4.000 por mes. Finalmente, el valor de la Asignación Universal por Hijo (AUH) representaba a fines de 2009 el 12% del salario mínimo; hoy alcanza sólo el 10%. Por su parte, la gran conquista que significó para los movimientos de trabajadores/as desocupados/as su inclusión en el programa Argentina Trabaja (PAT) – originalmente “reservada” a los intendentes del Conurbano y sus punteros – se diluye rápidamente por efecto del alza del costo de vida. Los salarios del PAT – congelados en 1250 pesos – se alejan cada vez más no sólo de la canasta básica sino también del salario mínimo.

Si bien se encuentra muy lejos del descontrol de los años ‘80 y principios de los ‘90, la inflación es alta y golpea especialmente a los más pobres. La misma impacta directamente en las posibilidades de consumo de productos básicos – como alimentos –, licuando no sólo el monto de la AUH sino también los incrementos salariales logrados en lo que va del año (que apenas si recuperaron la inflación del año anterior).

Muchas causas se conjugan para producir este resultado de alta inflación pero la principal es una política económica que busca mantener elevada la rentabilidad de las grandes empresas.

El empleo “en negro” como fundamento de los bajos salarios.

El modelo económico instaurado en 2003 reafirmó la prevalencia del empleo “en negro”. El segmento del empleo “en negro” aglutina a cerca del 40% de la población asalariada y un porcentaje aun mayor trabaja en condiciones de precariedad (contratos precarios, bajos salarios, etc.). Si bien el empleo “en negro” tiene alta gravitación en las pequeñas empresas también es muy importante (aunque de manera oculta) en las grandes compañías y en el Estado a través de tercerizaciones y subcontrataciones.

Aunque es cierto que el número trabajadores formal (“en blanco”) ha crecido en los últimos años, esa mejora no guarda relación con el crecimiento de la economía. Al igual que con la inflación, el gobierno tolera la precariedad laboral porque allí se localiza una gran reserva de fuerza de trabajo a salarios bajos, funcionales a la dinámica de acumulación del gran capital.

El fenómeno de los trabajadores pobres.

En los últimos años ha habido una mejora importante en los sueldos en el sector formal de la industria. Sin embargo, esos aumentos han sido inferiores al crecimiento de la productividad y de las ganancias patronales. El incremento en la productividad, sin un aumento correlativo en los salarios, refuerza la explotación.

El modelo kirchnerista cambió la miseria del desempleado por la pobreza del trabajador, no sólo del precarizado sino también de trabajadores y trabajadoras en blanco. No es casual el fenómeno de “trabajadores pobres por ingreso”: es el resultado de una política económica que asegura altos beneficios a los grupos patronales, a costa de las condiciones de vida del pueblo trabajador.

Nuevas luchas para avanzar y conseguir nuevas conquistas.

En los últimos meses, trabajadores y trabajadoras en diferentes sectores de la economía han comenzado a movilizarse por la reapertura de las negociaciones salariales. En algunos casos, acompañados por las mismas burocracias sindicales que firmaron convenios a principios de este año “respetando” el techo propuesto por el gobierno. En otros, reclamando actualizaciones salariales directamente a las patronales por los lugares de trabajo.

El Consejo del Salario – recientemente convocado – debería elevar el valor mínimo del sueldo a un verdadero Salario Mínimo Vital y Móvil, respetando la Constitución y la Ley de Contrato de Trabajo (LCT). Sin embargo, debe reconocerse que el SMVM no alcanza a la mayor parte de los/as trabajadores/as. Si bien puede ser visto como un parámetro a tomar en cuenta, la precarización laboral bloquea el potencial impacto del SMVM sobre las condiciones de vida de los trabajadores en la informalidad.

Por otra parte, el SMVM debería tomarse como referencia en el cálculo de la AUH y los salarios del PAT. Sería importante que tanto el beneficio de la asignación universal por hijo/a como el salario del programa Argentina Trabaja se actualicen – por ejemplo – con la evolución del SMVM. Los trabajadores del PAT deberían ganar no menos del SMVM y la AUH debería mantener una proporción de ese mismo monto.

Es sabido que la AUH no es reamente universal, resulta insuficiente en número y monto, absorbe planes anteriores y tiende a ser desvalorizada por la inflación. Sin embargo, plasma un principio de conquista del pueblo trabajador que hace años viene luchando por la universalización del acceso al ingreso (bajo la demanda de “que absolutamente nadie, aunque esté desocupado, tenga ingresos por debajo de la canasta básica”). La AUH amplió significativamente la población beneficiaria de un ingreso mínimo (aunque insuficiente) y creó las condiciones para extensiones sucesivas del programa para incluir también a los/as trabajadores/as asalariados/as que hoy reciben una asignación por hijo/a cuyo valor varía entre privados y estatales, entre los estatales de distintas provincias y municipios, etc.

En cualquier caso, mejoras sustanciales y permanentes en el nivel de vida popular necesitan de mecanismos de control de precios para impedir que la inflación neutralice esos avances. Para eso, es imprescindible la decisión política del gobierno de enfrentar a las corporaciones que dominan el mercado.

En una tradicional obra de Maquiavelo, el personaje principal debe recurrir a las mentiras, el engaño y los enredos para poder quedar bien parado ante dos patrones y como es previsible lo único que consigue es traicionar a ambos en el intento de salvarse a sí mismo. En la versión vernácula de esa obra, el gobierno pretende mantenerse – mediante un permanente doble discurso – en una situación de imposible armonía entre el pueblo trabajador y los sectores empresariales. En esta situación de aparente equilibrio, el gobierno no engaña a nadie: defiende al gran capital para garantizar su proyecto de “capitalismo en serio” a costa de los trabajadores y las trabajadoras a quienes se les pide seguir esperando los beneficios del “modelo nacional”.

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